Las siete palabras de Román

Como era natural, acudí el sábado 20 de enero del presente año a la audiencia solemne que celebró el Tribunal Superior Electoral al conmemorarse el 6to aniversario de este órgano electoral.

Los presidentes de todos partidos políticos también lo hicieron, al igual que líderes empresariales, representantes de las iglesias, directores de medios de comunicación y legisladores de todos los partidos.

Cuanto orgullo sentí al ver que dos apreciados y entrañables amigos, pero mucho mejores profesionales del derecho presidían ese acto solemne en la sala augusta de la Suprema Corte de Justicia: el Magistrado Román Andrés Jáquez Liranzo, presidente del Tribunal Superior Electoral, y el profesor Sonne Beltré Ramírez, Secretario General de ese órgano electoral.

 

Escuchar la voz de Sonne Beltré darle inicio al acto solemne llamando al rol de audiencia para ese día, me llenó de emoción. Sonne, mi compañero de estudio y mejor amigo, no solo posee cualidades humanas insuperables que le permiten establecer rápidamente un puente de comunicación entre él y cualquier ciudadano de este país sin importar su estrato social, sino que es poseedor de una agudeza intelectual envidiable, a pesar de que él con su proverbial humildad no lo admita.

Desde las aulas universitarias, el profesor Beltré se caracterizó por derribar cualquier argumento por muy sólido que éste pareciera con solo fijarse en la debilidad de los detalles. Por algo, otro sobresaliente profesional y uno de los cerebros mejor amueblados de esa generación, Namphi Rodríguez, lo catalogaba como un sociólogo de lo pequeño.

Pero si grande fue mi emoción al escuchar la voz de Sonne Beltré, mayor lo fue ver a Román Jáquez, mi entrañable y admirado amigo, mi compañero de tesis y de otras aventuras más, pronunciar un excelente discurso lleno de contenidos armoniosamente estructurados por un arquitecto de la palabra, como lo es él, y con recomendaciones y propuestas muy puntuales que procuran el fortalecimiento de la democracia dominicana.

Su discurso contenía siete reflexiones que fueron escuchadas atentamente por todo el liderazgo político que se dio cita en esa audiencia solemne, como se escucha el sermón de las siete palabras que el mundo cristiano espera ansiosamente cada viernes santo.

Cómo no emocionarse ante la riqueza conceptual de esas reflexiones y, sobre todo, cómo mantenerse indiferente ante la evolución profesional del querido y apreciado amigo Román Andrés Jáquez Liranzo, a quien conozco desde mediados del año 1990, cuando ambos ingresamos a la Universidad Autónoma de Santo Domingo para estudiar la carrera de Derecho.

 

Ya en el año 1990 Román Jáquez era director teatral. Lo recuerdo trabajando afanosamente en la presentación de su obra dramática “el rito de la cohoba”, obra en la cual se manifestaban sus inquietudes y preocupaciones por la ceremonia más importante de los primeros pobladores de esta isla: los taínos.

En esos años, Román combinaba sus inquietudes teatrales, su oficio inicial de locutor de planta en la red de emisoras católicas “Radio ABC”, con la de estudiante universitario, donde, a pesar de la limitación de su tiempo, sobresalía sobre todos sus compañeros de clase por su aguda inteligencia y su enorme capacidad de trabajo.

Por eso sentí mucho orgullo y satisfacción ver a dos amigos presidir una actividad de tanta importancia para la vida institucional de nuestro país, especialmente, porque puedo asegurar que a ninguno de los dos le han regalado nada, de que todo lo que han logrado ha sido el producto de la tenacidad de sus esfuerzos, de sus inapreciables talentos, y más aún, de sus extraordinarias cualidades humanas.

 

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