Una historia que llevo en mi memoria

Cuando yo era pequeño, cosa de lo que no hace tanto tiempo, leí una brevísima historia que me impresionó sensiblemente por la audacia del argumento.

El relato giraba en torno a un ciudadano que había sido acusado, juzgado y condenado a muerte por haber cometido uno de los delitos más antiguos en un reino de cuyo nombre no logro acordarme, como es el delito de robar.

Mientras esperaba su ejecución, o que la condena le fuera conmutada por una pena menos grave, se enteró por boca del carcelero que la situación económica que atravesaba el reino, y que había sido la verdadera causa que lo condujo a delinquir, se había deteriorado a niveles insostenibles. Ya nadie estaba seguro en el reino.

Supo, de igual forma, que el todopoderoso rey apenas dormía ante el temor de una posible revuelta popular. La gente se presentaba cada cierto tiempo frente al imponente castillo a demandar alimentos.

Ante tanta información valiosa ofrecida por el carcelero, ideó un fabuloso plan para salvar su vida. Le dijo a éste que lo llevara ante el rey porque él tenía la solución al problema económico del reino.
Rápidamente el carcelero, aunque escéptico, le solicitó audiencia al rey para ponerlo en conocimiento de la increíble noticia. Enterado el rey de que un humilde condenado a muerte podía restablecer la armonía económica que se había perdido, lo mandó a llamar de inmediato. Quería escuchar sin ningún tipo de intermediarios la buena nueva.

Estando frente al soberano dijo lo siguiente: “su majestad sé que el reino tiene una situación económica muy precaria y quizás usted no crea lo que voy a decirle, pero tengo en mi poder una semilla que si siembra en el patio del palacio real en presencia del pueblo produce oro. Sé que usted no me cree, es lo natural, pero le pido que lo intentemos, al fin de cuentas hacer el intento no cuesta nada”.

El rey, incrédulo como era lo lógico, rechazó de plano tan atrevida recomendación, pero luego de pensarlo más en calma accedió a la petición del condenado.

Convocaron al pueblo y fueron al patio del palacio real, y una vez allí, antes de sembrar la semilla, el condenado recordó que ésta debía ser plantada por una persona que fuera pura de corazón y que sus manos no estuvieran manchadas por el delito, y él, por supuesto, no era la persona adecuada para realizar tan noble misión.

Ante esa situación, pensó que el rey era la persona indicada para depositar esa semilla en la tierra. No podía haber nadie más puro y cumplidor de la ley que él.

Pero el rey, temeroso de que fuera verdad lo que decía el condenado, rechazó la oferta. Él no era tan puro como se pudiera pensar, además el oficio de rey lo obligaba a incumplir la ley de vez en cuando, por lo que pidió al cardenal que lo hiciera en su lugar.

El cardenal, presuroso, prefirió declinar ese honor en el general que comandaba el ejército real, y éste lo hizo en el cobrador de impuesto, quien expreso su negativa a todo pulmón porque si había una persona en todo el reino que no podía sembrar esa semilla era él.

El ladrón, asombrado de que no hubiera nadie en el reino capaz de sembrar la semilla que salvaría al pueblo de la catástrofe económica, se echó a llorar, y más especialmente, porque quienes lo habían condenado a muerte por robar eran tan o más ladrones e impuros que él.

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