En defensa del Facebook

Ha banalizado la vida y el recuerdo, el Facebook? Estas líneas no son contra el Facebook, sino contra el uso ¿abusivo, voyerista, narcisista, farandulero? De los usuarios, entre los que me encuentro. Hasta hace poco tiempo para recordar bastaban las palabras, por consiguiente llegaba a la cabeza la imagen-palabra difusa de lo recordado y dentro, como caja de resonancia iluminábase materializándose como una brisa tibia, luminosa, aun sea lo que se quiere olvidar, que inunda todo el cuerpo.

Ahora la adicción al Facebook lo ha banalizado todo. Todo lo ha convertido en un espectáculo.

Hasta hace poco tiempo se podía estar a solas, ahora ni con la muerte se consigue. Se podía estar en silencio, ausentarse. Nuestra maldad era personal, no colectiva. Ahora todo está a la vista de todos.

Nos hemos convertido en un mal olor arropado de pie a cabeza que no huele muy bien, pero que se soporta porque viene de nosotros mismos. Estamos a merced de nuestro mal menor y mayor por haber convertido nuestras vidas en el espectáculo del que está cerca, lejos.

Destacamos lo grotesco, de lo bueno que somos con nosotros mismos, los animales, los deberes cívicos, el prójimo y el planeta. Sin embargo continuamos en la loca carrera de explotarlo. Adrede e “inofensivamente” damos la cara que el otro conoce pero no a detalles de la mal llamada vida privada y pública que alardeamos. Lo hacemos como una instantaneidad fotográfica de la cotidianidad de colores.

Es una ola del mar más extenso de nuestro interior, que es nuestra personalidad, que poco a poco está en estado de descomposición, pues si nos quedamos sin nosotros mismos, al exponerlo todo, nos convertimos en nada. Entonces a fabricar se ha dicho temporadas para satisfacer nuestro morbo, ego personal, lo que fuimos, porque momentáneamente se ha superado. Somos la pose que fingimos en la instantaneidad, si no nos ven, si no lo saben hasta los santos, no hay felicidad a alcanzar.

¿Es el Facebook todo lo malo que se pueda pensar? No. Lo que nos permite ser, cual sea el orden interno y externo, no puede serlo del todo. ¿Lo somos como usuarios compulsivos? Tampoco, el inconveniente podría estar en creer que esa red lo aguanta todo, que eso se llama libertad sin límites, o quizás lo creemos por nuestras conveniencias.

¿Alguien se ha puesto a pensar que por nuestro proceder estamos proporcionando las herramientas al que nos quiere hacer daño? Por ejemplo: nuestras familias, de las que somos tan vulnerables y a la mal llamada reputación con decirle a todos hasta el tipo de agua que bebemos. ¿Hacemos todo esto por orgullo, vanidad o farandulismo barato? ¿No es hora de parar? ¿De pensar? ¿Es que no somos capaces de pensar hasta ahora de los efectos deseados y no deseados del Facebook? ¿Por qué no pensar en los hijos de nuestros hijos? A esa adicción habrá que buscarle un nuevo término en las enfermedades sicológicas y sociales.

Con el Facebook desarropamos lo bueno y lo malo a granel, de nuestro vivir íntimo y no íntimo, del pensamiento, del sentido común, para ser nuestro propio “estriptís” de nuestras sombras. Ya no basta con tener problemas que no se puedan resolver, sino que al desnudarlos los hacemos eternos e insuperables.

¿Es que acaso el Facebook nos ayuda con desnudarlos a olvidarlos momentáneamente? Este acto se convierte para el otro en un arma para dar la cuchillada en el momento más propicio, debido a nuestro ego de mar abierto y sin límites. ¿Acaso podemos cambiar a ser mejores si nos quedamos sin recuerdos de nosotros mismos, de nuestros aciertos y desaciertos de la vida y lo convertimos en un espectáculo de buen gusto? En lo que cada quien quiera, por supuesto.

Una vez conectado al Facebook, viene envuelto en imágenes “de colores” el presente inmediato, celebrándonos con todos los poderes los felices que somos, seremos por los siglos de los siglos… De qué nos vemos más hermosos, indudablemente. Nuestra imagen atrapa, seduce al igual que todo lo que colocamos para decir que somos alguien por el hecho de compartirlo. Como si la vida fuera mejor o peor por el hecho de someternos al reality show del desnudarnos, en todos los sentidos de nuestras vidas cotidiana, que es la trascendente, porque es la resultante de todo lo que hacemos.

Si la banalizamos, si la dejamos sin memoria, terminamos siendo unos bagazos en colores.

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